Eclipse

Esa nota lo cambió todo, las lágrimas que pareciera que venían incluídas, las duras palabras de una hija que se pierde a sí misma, el corazón roto de una madre, una silla vacía esperando, una habitación llena, pero vacía, una familia destruída, y, sobre todo, una hija desaparecida. 

Ella siempre quiso volar, alejarse de los problemas. Pero la gente no la veía, gritaba y nadie la escuchaba. Gritó hasta quedarse sin voz, pero no lo pudo evitar. Su mundo se desmoronó en cuestión de segundos, y todo lo que pudo ver fueron las estrellas. 

Nació el 16 de julio, en un pueblo remoto alejado de todo, en una casa aparentemente normal... En la que cuando la oscuridad acechaba, las paredes gritaban. 

Desde pequeña, siempre fueron solas su madre y ella contra el peligro. Pero él era más fuerte. Había un monstruo en casa y nadie se daba cuenta, le gustaba beber cerveza y ver la televisión. Iba todas las tardes a entrenar a un equipo junior de fútbol. Los infectaba, los convertía a su semejanza y, si le parecía, les llevaba a cazar juntos. 

El monstruo siempre cazaba muchas presas, pero nunca las traía a casa. Tenía una habitación reservada, que usaba para destruir a las personas. Motel Orland Hills, piso 2, habitación 203. Esa repugnante sala estaba llena del olor de las presas que, inocentemente, seguían al monstruo sin saber lo que sería de ellos. A medida que ella fue creciendo, fueron apareciendo más monstruos. Pero, nunca hubo ninguno como él. Le reconocería a kilómetros. Esa barriga cervecera, esos dientes amarillos, ese pelo desaliñado, esa blanca camisa de tirantes que por más que buscara, solo veía marrón en ella, y esos ojos. Esos ojos que siempre odiaría. Esos mismos que nunca pararon de mirarla mientras estaban en la habitación 206. Esos asquerosos recuerdos que desearía borrar para siempre de su mente, ese asqueroso monstruo que desearía no haber conocido. 

En su décimosexto cumpleaños, ella estaba en su rincón, mirando las estrellas. Tocaron a la puerta, tres veces. No necesitaba asomarse, sabía perfectamente quién era. Tocaron 10 veces ... 11 ... 12… 13… El monstruo entró. Su cielo se llenó de estrellas fugaces, que, poco a poco, cayeron en el suelo.

Tenía demasiadas cruces a su espalda, que cada vez pesaban más. El 17 de julio no fue a clase… ni el 18… ni el 19. Tampoco fue a casa. La vieron deambulando por las calles, pero no llevaba equipaje. 

Subió y subió escaleras, hasta que por fin, llegó a donde quería. Casi sentía que podía tocar las estrellas, y, después de tanto tiempo, cuando las estrellas fugaces de su corazón se apagaron, sonrió. 


Comentarios

Publicar un comentario